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Es lo primero que me vino a la mente, quizás por analogía
con su apellido (Pla), sobre el Secretario del PSPV cuando leí,
en un momento en que la psicosis general era muy delicada y los nervios
estaban a flor de piel por el bestial atentado de ETA en Santa Pola, cuando
leí repito, que pedía la dimisión del Sr. Camps como
Delegado del Gobierno en la CV, por haber permitido el uso de la Playa
de Santa Pola cuando aún no se había encontrado, a pesar
de la exhaustiva búsqueda de las Fuerza de Seguridad del Estado,
la bomba colocada en dicha playa según ETA.
Es verdad que la bomba, como se demostró posteriormente, existía
pero no lo es menos que en esos mismos días se detuvieron a cuatro
a cinco "graciosos" que también anunciaban la colocación
de bombas en la misma playa.
No es mi intención minimizar la responsabilidad del Sr. Camps,
pero creo que no debe despreciarse el bienestar que aporta el mejoramiento
psicológico de la gente sujeta a tensiones límite, aunque
ello sólo resuelva problemas secundarios.
Dice la Biblia que si uno está ofuscado debe contar 7 veces 7
antes de hablar. Yo he contado 7000 veces 7 antes de decidirme a escribir
este comentario sobre la estupidez, en mi modesta opinión, del
Sr. Pla. (Lo de señor es pura cortesía, influencia, si duda,
de la educación que me dieron antes de que los sociatas, presumiendo
de "progres", suprimieran de los planes de estudios la urbanidad, religión,
ética, las humanidades etc.) al criticar el comportamiento del
Sr. Camps.
El tiempo que, como dicen, todo lo cura había hecho que casi
me olvidara del hecho, pero al leer que el tan "eficiente" Sr. Pla en
criticar el comportamiento del Sr. Camp no "tuvo tiempo", por lo menos
así parece demostrarlo las fotos que se han publicado en la prensa,
para ir a votar (a pesar de que fue al Congreso con ese exclusivo fin
¡lástima de viaje y gastos que, al final, hemos de pagar
los ingenuos ciudadanos!), la ilegalización de Batasuna, teniéndolo
que hacer, presuntamente, su álter ego político, la Sra
Romero, me lo ha recordado.
Generalmente es preferible una silenciosa prudencia que no una estúpida
locuacidad, algo que, al parecer, olvidan los politicastros de turno.
Si los valores éticos dejan de inspirar a los políticos
y sólo intentan desprestigiar al contrario con tal alcanzar resonancia
pública, el progreso material, al que tanto recurren para embaucar
a los electores, se convierte en un sepulcro blanqueado que enmascara
la inanidad real de la política.
El apego al yo, muy propio de todos los políticos, no constituye
precisamente la fuerza que nos puede llevar a un juicio justo. Todo lo
contrario, suele llevarnos a que las situaciones letales se desarrollen
con la misma o mayor amplitud que las benéficas, convirtiendo la
coexistencia humana en algo totalmente ficticio.
Es difícil crear ideas y fácil crear palabras. De ahí
que tengan que recurrir a ellas los políticos que carecen de ideas
propias.
Juan Borrás (Gandia)
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