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BAJADA A LOS INFIERNOS
Un año más, los cinéfilos de pro están de enhorabuena. El genial director
judío Woody Allen vuelve a sorprendernos con un "más difícil todavía" en
esta ácida comedia, quizás no tan brillante como su anterior Todos dicen I
love you, pero sí mucho más acorde con las naturales obsesiones de su
director (el sexo, el psicoanálisis, la religión, la muerte...). El título
original, mal traducido al castellano, alude de manera irónica a la
corriente teórica encabezada por el filósofo francés Jacques Derriba, según
la cual, antes de iniciar el estudio de una obra o, en el plano
psicoanalítico, de la personalidad de un individuo, es necesario
descomponerlo en piezas, es decir, hay que "deconstruirlo". Así, ya desde el
comienzo, Woody Allen nos introduce en una narración fragmentada, caótica,
llena de falsos "raccords", de un montaje deliberadamente repetitivo y
salteado, cuando se trata de presentar al personaje principal, un escritor,
Harry (Allen), "alter ego" del propio director, mujeriego, ateo,
pastillómano, alcohólico y manipulador, y su entorno afectivo, sus ligues, s
us relaciones emocionales, más bien poco estables... En definitiva, un ser
patético, de existencia frustrada, que sólo encuentra redención a través de
su obra, claramente inspirada en sus experiencias personales, y que Woody
diferencia claramente a través de una realización más sobria, un montaje
menos arriesgado, sin escatimar recursos fantasiosos (como en el sensacional
episodio del actor desenfocado, interpretado por Robin Williams, o el
delirante banquete judío con estética de La Guerra de Las Galaxias),
culminado por un descenso a los infiernos, donde hallará al mismísimo
demonio encarnado por su mejor amigo (un taimado Billy Crystal), que está a
punto de casarse con su última conquista (la bellísima Elisabeth Shue).
La excusa argumental que Allen aprovecha para diseccionar al protagonista y
a quienes le rodean (hasta 35 personajes tiene la historia, todos ellos
magistralmente interpretados por un sensacional reparto de lo más ecléctico:
Judy Davis, Kirstie Alley, Richard Benjamin, Eric Bogosian, etc.) es un
homenaje que el escritor recibirá por parte de la misma universidad que,
tiempo atrás, le expulsó, y al que Harry teme ir sólo, debido al poco
caballeroso comportamiento que ha mantenido con familiares, amigos,
ex-esposas y ex-amantes. Por ello recurre a los servicios de una prostituta
negra (magnífica Hazelle Goodman, la primera actriz afro-americana que
protagoniza un film de Allen), consigue convencer a un amigo y, a última
hora, secuestra a su propio hijo. El encuentro con su hermana, casada con un
ortodoxo judío (circunstancia utilizada para arremeter contra el
fundamentalismo y exclusivismo religiosos), y la repentina muerte de su
amigo marcarán el viaje, claramente inspirado en Fresas Salvajes, de Ingmar
Bergman, la película favorita de Allen. Un viaje exterior que es, al mismo
tiempo, un viaje hacia el interior del protagonista, hacia sus propias
obsesiones, defectos y frustraciones, una encerrona en la cárcel del alma,
convertida en calabozo policial del que Harry extrae una bella enseñanza:
que la felicidad consiste en estar vivo, y que, en su caso, su obra es lo
que da sentido a su vida. Un último encuentro con sus personajes y con su
creación (emotivo homenaje al maestro Fellini) devuelve al protagonista para
la inspiración suficiente para escapar, momentáneamente, del infierno
creativo y personal al que parece condenado. Todo un colofón brillante para
esta excepcional comedía, que muy bien habrían podido firmar Lubitsch o
Wilder, y que constituye un ejemplo más del fenomenal estado de forma en que
se encuentra Woody Allen. ¡¡¡Qué no decaiga!!!.
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