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CANTAR, BAILAR, AMAR...
En estos tiempos en que la clásica confrontación entre comunistas y
capitalistas ha dado paso a otra, no menos exacerbada, entre fumadores y
no fumadores, es de agradecer que la protagonista de una comedia
concebida para generar múltiples dividendos en taquilla, como es La boda
de mi mejor amigo, se pase media película calando cigarrillos, de puro
nervio. Yo, que no soy fumador -ni ganas-, no acabo de entender esa
especie de cruzada contra el teórico "mal ejemplo" que es ver fumar en
la gran pantalla a una estrella de Hollywood.
Julia Roberts (actriz que no es, en absoluto, de mi devoción, pero que
en este caso he de reconocer que está soberbia) interpreta en este
segundo film de P. J. Hogan (autor de la, quizás, más fresca, aunque
menos lograda La Boda de Muriel) a una crítica culinaria que ve
frustrado el gran sueño de su vida cuando su mejor amigo, un antiguo
novio, periodista deportivo, al que sigue amando secretamente, le
anuncia que va a casarse con una sumisa jovencita (maravillosa Cameron
Diaz, demostrando que tras esa carita de porcelana y esas curvas de
infarto se esconde una actriz de gran talento), casi perfecta, aunque un
pelín simple, hija única de unos multimillonarios.
Haciendo gala de todo tipo de estratagemas diabólicas, incluso
involucrando a su editor y amigo, un gay con mucha sorna (magistral
Rupert Everett; merece un Oscar), quien trata de disuadirla sobre sus
intenciones, Julia aprovecha su condición de madrina de la boda para
tratar de evitar el enlace, jugando un doble papel de consejera de los
futuros esposos, sobre todo de la novia, a quien malintencionadamente le
reprocha que lo deje todo, incluido sus estudios, para casarse, y a
quien pone en un serio compromiso al sugerirle que convenza al novio
para que deje su empleo y acepte uno más cómodo y remunerado en el seno
familiar, sabedora de que su amado le hace ascos a la vida burguesa.
Todo se complica cuando un e-mail accidentalmente enviado le cuesta el
puesto de trabajo al novio (Dermot Mulroney, perfecto en su incómodo
papel de "príncipe azul" soso y descafeinado).
El australiano P. J. Hogan se atreve a ironizar sobre los malgastados
clichés de la llamada comedia romántica sofisticada americana,
demostrando una loable inteligencia al utilizar de modo calculadamente
exagerado todos los convencionalismos del género (incluyendo delirantes
númeritos músico-vocales al estilo Todo dicen I Love You, de Woody
Allen), exceptuando el final, sorprendente y optimista, que no voy a
desvelar, aunque sé que muchos ya lo conocen, y en el que la verdadera
amistad, contrapuesta a sentimientos tales como los celos, los reparos,
la inseguridad y el remordimiento, termina triunfando ante el
contradictorio y destructivo afán posesivo de la protagonista, quien,
sólo al final, muy al final, acabará aceptando su destino, no con
resignación ("esto también pasará" -cuenta un botones que le decía su
abuela), sino con sincero convencimiento.
Bien arropado por un excelente grupo de actores y actrices, y por una
encomiable labor de producción, P. J. Hogan consigue crear un falso
universo kitsch, donde los personajes (en especial, las dos repelentes
damas de honor), los decorados, los trajes hortera y los tonos pastel
nos remiten a argumentos y situaciones de los años 50 y primeros 80
(década plagada de insulsas comedietas burguesas), manipulados con
evidente mala uva (sólo hay que fijarse en el descacharrante número
musical que acompaña a los títulos de crédito iniciales) por el
mencionado director, con resultados más que notables, pese a la aparente
trivialidad de la historia, que hacen de La boda de mi mejor amigo una
de las mejores comedias estrenadas en lo que llevamos de
año.
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