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LA VIDA EN ROSA
Pese a que el cine francés, en general, ha contado con
el favor de cierta crítica internacional, tradicionalmente
vinculada a la izquierda, lo cierto es que, fuera de Francia,
al público y a la industria del cine no acababa de convencerle
ese supuesto tono serio, trascendental y pretencioso que impregna
la densa, densísima, producción de nuestro país
vecino, de forma que siempre se ha asociado al cine francés
con un cine aburrido, introvertido y lento, que, si bien refleja,
como quizás ningún otro, la complejidad humana,
rehuye, voluntariamente, todo lo que huela a evasión, entretenimiento,
en definitiva, a cine de Hollywood.
Solamente el descaro de un reducido grupo de realizadores parecía
querer romper esa monotonía, pero fueron, a la postre,
dos de ellos los que lograron un unánime reconocimiento
por parte de crítica y público: Marc Caro y Jean-Pierre
Jeunet, autores, entre otras, de Delicatessen, uno de los mayores
éxitos del cine francés de todos los tiempos. Ambos
realizadores se lanzaron a una tarea de regeneración de
la industria gala bajo la influencia de los pioneros Méliès
y Tati, alejándose del, para ellos, insulso discurso emocional
de la generación del 68, se acercaron a los postulados
de Hollywood, pero salvaguardando la particular idiosincrasia
del cine europeo, menos mediatizado por intereses comerciales
al margen de lo artístico.
Tras su separación, Marc Caro se involucró, en
la sombra, en proyectos de marcado tono lúgubre, oscuro
y gótico, como la inminente Vidocq, de Pitof, primer film
francés rodado y post-producido íntegramente con
técnicas digitales; mientras que Jeunet intentó
la aventura americana, con relativo éxito, rodando la irregular
Alien: Resurrection, pese a que su filosofía y su manera
de entender el cine, como él mismo ha confesado, se aproxima
más a la visión del mencionado Tati, cuyo cine partía
de lo cotidiano para crear un universo costumbrista lleno de fantasía
y hallazgos visuales, perceptibles claramente en su obra maestra
Jour de Fête.
Amélie, film injustamente vilipendiado por la "élite"
del cine francés, encabezada por los responsables del Festival
de Cannes, por una supuesta afinidad con los postulados de la
derecha francesa más reaccionaria (la película ha
sido alabada por el propio Chirac), que un espectador poco suspicaz
es incapaz de apreciar ni por asomo, parte de aquel cine clásico
para, apoyado por las nuevas tecnologías en el campo de
los efectos especiales y en un trabajo fotográfico deslumbrante,
crear una historia absolutamente impregnada de bondad, ingenio,
color, fantasía y romanticismo, en la que una joven, bellísima
y coqueta Audrey Tautou, decide aportar a la gente que le rodea
la felicidad de que ella misma carece, en un alarde de generosidad
sin límites, una suerte de misión heroica, que ella
imagina a través de increíbles reportajes televisivos,
partiendo de un suceso tan inmediato como fue la muerte de Lady
Di, como suprema expresión de una frustrada vida color
de rosa, que algunos, indudablemente, considerarán indigesta,
pero que en esta ocasión está tratada con una exquisitez
y una inteligencia, sobre todo, en el plano expresivo, deudor,
cómo no, de los formidables cortos animados de Chuck Jones,
de la musicalidad de Demy (atención a la partitura del
film, una de las más memorables de los últimos años)
y el lirismo del Minnelli de Un Americano en París, pero
sin caer en los tópicos y la estética video-clipera
de Moulin Rouge!.
Jeunet juega con maestría con conceptos como el azar y
el destino, desarrollando un relato de amor casi imposible, pero
siempre correspondido, que -y esto es lo que más duele
a ciertos críticos- encuentra su recompensa en un tierno
"happy end", en el que la protagonista, por fin, halla
una parcela de esa felicidad que tanto ambiciona para los demás,
desentendiéndose incluso de sus propios anhelos y sentimientos.
Y digo yo, ¿es esto tan malo, tan ruin, tan falsario?,
¿acaso debemos pensar que todo en la vida ha de ser amargura,
odio, dolor, pasiones destructivas?, ¿qué hay de
malo en salir de una sala de cine con una sonrisa de oreja a oreja?,
¿qué mayor compromiso -eso que tanto demandan algunos
intelectualoides aguafiestas- que dar felicidad y obtener amor,
sólo amor, a cambio?. Quienes acusan a esta película
de ser cursi y fascista, nada menos, deberían revisar urgentemente
su escala de valores, pues podrían acabar confundiendo
la crítica social con cierta autocomplacencia masoquista.
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